domingo, 25 de junio de 2017

Inmunidad frente a la ignorancia: mitos sobre las vacunas




Veíamos recientemente a un presentador (me abstengo de llamarlo periodista) con bastante audiencia, aludir a un desmentido estudio de hace años, sobre los efectos secundarios de las vacunas. Según este individuo hay muchas personas que sostienen “una teoría apoyada en hechos importantes: que las vacunas tienen metales pesados que los niños no saben absorber, que su cuerpo no lo sabe absorber”. Para apoyar su afirmación aludió al aumento de “casi un 80%”, sin citar fuentes (de aquí mi abstención a llamarlo periodista....), de los casos de autismo en Estados Unidos.  En  concreto este estudio erróneo, fue realizado por un médico británico Andrew Wakefield, publicado en 1998 por la revista The Lancet. La investigación, realizada en 12 niños, concluía que la vacuna de la triple vírica (sarampión, rubeola y paperas) era causa directa del autismo. Finalmente, se descubrió que Wakefield había manipulado el estudio para obtener estos resultados, el Colegio General Médico Británico lo expulsó por actuar de “forma deshonesta e irresponsable” y la prestigiosa revista The Lancet retiró de sus archivos la publicación. La falsa teoría proviene de Un estudio posterior, de 2015, realizado a 95.000 niños, determinó que ni siquiera en los casos de riesgo, los de niños con hermanos afectados, se puede establecer una relación entre la triple vírica y el trastorno de autismo.

Efectivamente, algunas vacunas contienen timerosal, compuesto por etilmercurio, que se utiliza como conservante. Sin embargo, según ha certificado la Organización Mundial de la Salud (OMS), solo supone un 0,1% de las fuentes de mercurio a las que está expuesto el ser humano. No obstante, la OMS defiende el uso de estos conservantes porque “evitan el crecimiento de bacterias y hongos contaminantes que se pueden introducir durante el uso repetido de los viales multidosis”, si bien por precaución el timerosal ha sido retirado de muchas vacunas. Según la Fundación Autismo Diario, “si desde el 2002 aproximadamente, en la larga lista de países que retiraron el tiomersal de las vacunas pediátricas la prevalencia del autismo no decayó, pues es que no era el tiomersal”. Por eso, según esta fundación, que defiende el uso de las vacunas, al descartar el tiomersal los movimientos antivacuna han puesto el foco en la presencia de aluminio en los viales. Pero solo está presente en cantidades inferiores al 1%, por debajo del aluminio que contienen algunos alimentos.

Los trastornos del espectro autista constituyen un problema de salud grave y hemos objetivado un incremento significativo en su prevalencia. Un problema muy serio para el que no existe sensibilización suficiente y los sistemas de salud no están suficientemente preparados. Cuando una madre o un padre descubre que su hijo tiene una enfermedad, la que sea, pero que además dicha patología conlleva un grado de incapacitación variablemente importante y permanente, y para el que no existe un tratamiento específico, cualquier avance, esperanza, mínima mejora en el pronóstico de su hijo, lo es todo. Los expertos no relacionan el mayor número de casos de autismo en EE UU con la vacunación, sino con la mejora del diagnóstico.

Está científicamente demostrado que las vacunas salvan millones de vidas, pero no están viviendo su mejor momento en lo que se refiere a la opinión pública. Constituyen la medida preventiva más importante de los programas de salud infantil. En 1979 se erradica la viruela, que había llegado a producir hasta 2 millones de muertes al año. Se han reducido la incidencia de otras graves enfermedades, demostrando ser una de las terapias con más éxito que se conoce, y como dicen algunos expertos quizás esto haya sido hasta contraproducente, ya que al no ver de cerca este tipo de enfermedades se nos olvida sus graves consecuencias (frente a lo que verdaderamente vacunamos). La eficacia y seguridad de esta terapia está asegurada cuando llega al mercado (tienen que pasar duros controles y ensayos clínicos de varias fases y que pueden durar años, para llegar a nuestras manos). La mayor parte de los efectos secundarios son muy leves pero corren mitos infundados sobre sus efectos adversos por parte de grupos antivacunas, que engañan a la gente y ponen en riesgo no solo la salud de sus hijos sino de todas las personas de su entorno. Al vacunar a grupos de población se consigue la inmunidad del grupo, de la sociedad.

Para entender el recelo de determinadas personas, se está estudiando con detalle el verdadero alcance de estas dudas y el panorama es peculiar. Europa, una de las regiones con los estándares sanitarios más consolidados, es donde menos se confía en las vacunas. En el otro extremo del globo, Bangladés, Indonesia, Pakistán, Ghana y Nigeria lideran la tabla con una casi unánime defensa de la valía de la inmunización; curioso.
Las vacunas constituyen el logro sanitario más importante del siglo XX y aun así, todavía mueren 1,5 millones de niños al año, de enfermedades prevenibles por vacunas, por falta de dinero en algunos países. ¿Tenemos que vacunas a nuestros hijos?

Como decía el periodista Federico Martinón en su columna del El Pais (Junio de 2017), más difícil es creerse que las dos Copas de Europa seguidas del Real Madrid coinciden con la introducción de la vacuna de la varicela en el calendario vacunal español, pero bueno, ahí están los hechos. Tengan la seguridad de que detrás de la gran mayoría de los efectos nocivos achacados a las vacunas, solo existen coincidencias en el tiempo y espacio de fenómenos independientes que encontramos relacionables y plausibles desde nuestra interpretación. Nada más. Si alguien enferma x horas (o días o semanas) después de recibir una vacuna, todo el mundo asentirá en que es probable o cuando menos posible, que ambos eventos estén relacionados, incluso aunque no exista ninguna plausibilidad biológica. Sin embargo si esa persona por el contrario recibe un premio de la lotería nacional x horas (o días o semanas) después de ser vacunado, nadie intentaría buscar conexión.

Lourdes Gimeno Arias

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