Veíamos recientemente a un presentador (me abstengo de
llamarlo periodista) con bastante audiencia, aludir a un desmentido estudio de
hace años, sobre los efectos secundarios de las vacunas. Según este individuo hay muchas personas que
sostienen “una teoría apoyada en hechos importantes: que las vacunas tienen
metales pesados que los niños no saben absorber, que su cuerpo no lo sabe
absorber”. Para apoyar su afirmación aludió al aumento de “casi un 80%”, sin citar fuentes (de aquí mi abstención a llamarlo
periodista....), de los casos de autismo en Estados Unidos. En concreto
este estudio erróneo, fue realizado por un médico británico Andrew Wakefield,
publicado en 1998 por la revista The
Lancet. La investigación, realizada en 12 niños, concluía que la vacuna de
la triple vírica (sarampión, rubeola y paperas) era causa directa del autismo.
Finalmente, se descubrió que Wakefield había manipulado el estudio para obtener
estos resultados, el Colegio General Médico Británico lo expulsó por actuar de
“forma deshonesta e irresponsable” y la prestigiosa revista The Lancet retiró
de sus archivos la publicación. La falsa teoría proviene de Un estudio
posterior, de 2015, realizado a 95.000 niños, determinó que ni siquiera en los
casos de riesgo, los de niños con hermanos afectados, se puede establecer una
relación entre la triple vírica y el trastorno de autismo.
Efectivamente, algunas vacunas contienen timerosal, compuesto
por etilmercurio, que se utiliza como conservante. Sin embargo, según ha
certificado la Organización Mundial de la Salud (OMS), solo supone un 0,1% de
las fuentes de mercurio a las que está expuesto el ser humano. No obstante, la
OMS defiende el uso de estos conservantes porque “evitan el crecimiento de
bacterias y hongos contaminantes que se pueden introducir durante el uso
repetido de los viales multidosis”, si bien por precaución el timerosal ha sido
retirado de muchas vacunas. Según la Fundación Autismo Diario, “si desde el
2002 aproximadamente, en la larga lista de países que retiraron el tiomersal de
las vacunas pediátricas la prevalencia del autismo no decayó, pues es que no
era el tiomersal”. Por eso, según esta fundación, que defiende el uso de las
vacunas, al descartar el tiomersal los movimientos antivacuna han puesto el
foco en la presencia de aluminio en los viales. Pero solo está presente en
cantidades inferiores al 1%, por debajo del aluminio que contienen algunos
alimentos.
Los trastornos del espectro autista constituyen un problema
de salud grave y hemos objetivado un incremento significativo en su
prevalencia. Un problema muy serio para el que no existe sensibilización
suficiente y los sistemas de salud no están suficientemente preparados. Cuando
una madre o un padre descubre que su hijo tiene una enfermedad, la que sea,
pero que además dicha patología conlleva un grado de incapacitación variablemente
importante y permanente, y para el que no existe un tratamiento específico,
cualquier avance, esperanza, mínima mejora en el pronóstico de su hijo, lo es
todo. Los expertos no relacionan el mayor número de casos de autismo en EE UU
con la vacunación, sino con la mejora del diagnóstico.
Está científicamente demostrado que las vacunas salvan millones de vidas, pero no están viviendo su
mejor momento en lo que se refiere a la opinión pública. Constituyen la medida
preventiva más importante de los programas de salud infantil. En 1979 se
erradica la viruela, que había llegado a producir hasta 2 millones de muertes
al año. Se han reducido la incidencia de otras graves enfermedades, demostrando
ser una de las terapias con más éxito que se conoce, y como dicen algunos
expertos quizás esto haya sido hasta contraproducente, ya que al no ver de
cerca este tipo de enfermedades se nos olvida sus graves consecuencias (frente
a lo que verdaderamente vacunamos). La eficacia y seguridad de esta terapia
está asegurada cuando llega al mercado (tienen que pasar duros controles y
ensayos clínicos de varias fases y que pueden durar años, para llegar a
nuestras manos). La mayor parte de los efectos secundarios son muy leves pero
corren mitos infundados sobre sus efectos adversos por parte de grupos
antivacunas, que engañan a la gente y ponen en riesgo no solo la salud de sus
hijos sino de todas las personas de su entorno. Al vacunar a grupos de
población se consigue la inmunidad del grupo, de la sociedad.
Para entender el recelo de determinadas personas, se está
estudiando con detalle el verdadero alcance de estas dudas y el panorama es
peculiar. Europa, una de las regiones con los estándares sanitarios más
consolidados, es donde menos se confía en las vacunas. En el otro extremo del
globo, Bangladés, Indonesia, Pakistán, Ghana y Nigeria lideran la tabla con una
casi unánime defensa de la valía de la inmunización; curioso.
Las vacunas constituyen el logro sanitario más importante del
siglo XX y aun así, todavía mueren 1,5 millones de niños al año, de
enfermedades prevenibles por vacunas, por falta de dinero en algunos países.
¿Tenemos que vacunas a nuestros hijos?
Como decía el periodista Federico Martinón en su
columna del El Pais (Junio de 2017), más difícil es creerse que las dos Copas de
Europa seguidas del Real Madrid coinciden con la introducción de la vacuna de
la varicela en el calendario vacunal español, pero bueno, ahí están los hechos.
Tengan la seguridad de que detrás de la gran mayoría de los efectos nocivos
achacados a las vacunas, solo existen coincidencias en el tiempo y espacio de
fenómenos independientes que encontramos relacionables y plausibles desde
nuestra interpretación. Nada más. Si alguien enferma x horas (o días o semanas)
después de recibir una vacuna, todo el mundo asentirá en que es probable o
cuando menos posible, que ambos eventos estén relacionados, incluso aunque no
exista ninguna plausibilidad biológica. Sin embargo si esa persona por el
contrario recibe un premio de la lotería nacional x horas (o días o semanas)
después de ser vacunado, nadie intentaría buscar conexión.
Lourdes
Gimeno Arias
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